Las Heras celebra a una confitería que cumple 70 años

La confitería La Pichona hace historia en Las Heras al cumplir este sábado 4 de agosto,  en el Día del Panadero Argentino, 70 años de su fundación. Conocida también como la Panadería San Martín, el local será homenajeado por la Municipalidad con el descubrimiento de una placa en su honor. Aquí, un diálogo “sabroso” con su dueña, la Pichona, quien a los 85 años contagia de energía a sus empleados y clientes por igual.

Entramos al lugar y nos tienta su aroma y ambiente cálido. Ahí está la Pichona, con el delantal puesto y las mesas servidas para atender a sus clientes manteniendo la misma sonrisa de su juventud; el mismo entusiasmo de los años ’60 cuando dejó de jugar por los pasillos del negocio de sus padres y comenzó a ayudarlos en la atención al público para más tarde ponerse manos a la obra a cocinar el pan.

Georgina Medaura de Romero, “la Pichona”, tiene 85 años y una vitalidad de 30. Contagia su energía apenas se acerca a saludarnos. Los 70 años de historia que cumple su panadería son motivo suficiente para que deje a un lado el delantal, maquille sus delicados labios y se entregue a contarnos una historia exquisita, no sólo por sus glorias sino también por las penurias que atravesó en algunas épocas su local comercial.

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“La receta es la fe y la perseverancia”. Así de contundente es la respuesta de la Pichona a la hora de explicar cómo se sostiene durante tantas décadas la misma pasión y el mismo empeño laborioso para no haber cerrado nunca las puertas de su panadería.

Y la historia tendrá su momento de parate y reflexión para poner en valor esta mítica confitería lasherina, fundada el 4 de agosto de 1948 –Día del Panadero Argentino- y que es un espacio emblemático para los vecinos de nuestro departamento. Por eso, este sábado de su aniversario, a las 11 de la mañana, la Municipalidad de Las Heras descubrirá una placa en una de las paredes del local (ubicado en San Martín al 179, casi al límite con Ciudad).

Hoy, con su hija Gabriela como coequiper en la atención comercial, Pichona maneja su auto, tiene el control de la panadería, lleva al día los papeles del banco y en algunos de sus ratos libres trabaja en la cuadra de la panadería elaborando algunas de sus especialidades –sobre todo, las comidas y los postres árabes-.

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De origen libanés, Pichona se siente honrada ante el reconocimiento de su ciudad que la vio nacer. “No me imagino habitando otro lugar que no sea Las Heras. Nací y viví hasta que me casé en la calle Roca y Sáenz Peña, frente al Polimeni. Con mi marido vivimos aquí, arriba de la panadería. Y aquí me gustaría morir”, confiesa mientras posa a su lado la mirada cómplice de Eduardo, su esposo y militar retirado quien también ha hecho historia cuando acompañó al Coro de Niños Cantores en sus giras a Europa y su travesía hasta Japón en el año 1971.

Será quizás que su cumpleaños, el 8 de marzo Día de la Mujer, marca el destino de Pichona. Porque sin considerarse feminista, sostiene: “Con seis hijos, 15 nietos y más de 60 años casada, siempre busqué mi libertad, mi marido siempre me apoyó para que trabajara con mis padres y luego yo sola siguiera la panadería. No hay que resignarse ni menospreciarse por ser mujer. El feminismo lo logra una con sus actos cotidianos”.

Memoriosa para envidia de muchos, su pequeña estructura corporal refleja sin embargo una firmeza sin igual. Convida sus famosas palmeritas y café para los invitados, mientras ordena la mesa y saluda a una de sus clientas y uno de sus proveedores.

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“Mi papá compró esta panadería en 1948 pero ya existía una panadería aquí”, advierte la señora. Y lo advertimos luego nosotros, cuando recorremos su cocina y nos encontramos con un horno a leña que hasta la actualidad es usado para cocinar empanadas, pan y las palmeritas. En su puerta tiene fecha de creación 1890.

“Los valores inculcados por tu familia, esos del respeto, el amor, el trabajo, la constancia y el esfuerzo por superarse, son los que te mantienen sana y en pie”, considera Pichona. La época que recuerda como la más difícil para su negocio fue la de los años ’50, cuando su familia había podido ya también terminar la construcción del hogar en la misma panadería.

“Fue complicado, yo estaba terminando la Secundaria en la Escuela de Comercio. Mi padre terminó en convocatoria de acreedores. Por suerte, y gracias a sus deudores que confiaron en él, mucha gente nos ayudó y él pudo salvar el negocio”, relata. Y luego recuerda el terremoto del ’85 que dejó la construcción en quiebra, a punto de derrumbarse. Con apoyo municipal, su familia entregó al Estado parte del terreno el patio de la casa antigua para que pudieran abrir allí la calle 6 de Septiembre (que hoy se llama Balbín) y el Estado los ayudó para poner en pie nuevamente la panadería que, pese a todo, no cerró un día sus puertas. En el medio de este duro tramo de su camino comercial, sufrió otro golpe de su vida: la muerte de su mamá en 1986.

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Aunque de joven le encantaba la contabilidad y podría haber estudiado en la Universidad como sus hermanas, como buena hija mayor ella aceptó quedarse al lado de sus padres para trabajar con ellos en la panadería y confitería que hoy lleva su nombre. “Además, me enamoré y casé muy pronto, a los 23”, subraya quien también disfrutó de su familia y de lo que más le gusta: viajar.

Ha visitado tres veces El Líbano y recorrer sus orígenes, por ejemplo, sea con su marido o con amigas. “Claro que muchas veces dejé a mi familia para trabajar acá, pero fue para realizarme yo como persona. Si no lo hubiera hecho, ¿qué legado les hubiese dejado a mis hijos?”, reflexiona y afirma que sus empleados “son también mi familia, con ellos he compartido momentos lindos y feos como si fueran mis propios hermanos o hijos”.

-¿Y cuál es la mayor satisfacción que hoy le da este lugar, Pichona?
-A pesar de haber vivido problemas, mi mayor satisfacción es hoy poder dar testimonio de todo esto, siendo una persona honesta, trabajadora y de no haber renunciado nunca a los valores y principios que fundé en mí misma. Ahí está la clave para llegar a mi edad activa, en estas condiciones. A esta edad, debemos vencer cualquier tipo de rencor, y siempre debemos vivir el minuto a minuto, como si fuera el último.

-¿Cree que la panadería seguirá abierta más allá de usted?
-Yo he puesto mis cimientos. Si es para el bien de la familia, ojalá siga Gabriela con la panadería. Pero si es para malograr su vida, prefiero que la cierren. Lo importante en una empresa familiar es que los hijos vean, vivan, disfruten y sufran por igual lo que significa mantener una empresa. Si la cosa les viene de arriba, seguro que al otro día que el fundador muere, la empresa desaparece.

Fuente: Municipalidad de Las Heras

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